August 5

Siempre negocios políticos


María Fernanda García Reyes

Cuando empecé a integrar las ideas para esta columna, una de mis principales preocupaciones era no ser politóloga. Yo no tengo más que una carrera en Literatura y nimia participación en los comicios políticos recientes de mi poblana cuna de nacimiento. Los que me conocen en un ámbito académico seguramente dirán que escribo muy barroco y tengo cierta predilección por los análisis extensos. Los que me conocen laboralmente seguro me recuerdan por las maratónicas carreras en tacones, ojerosa, persiguiendo a cierto personaje local por Casa Aguayo o el Presidente Intercontinental, cargando un folder de agenda, mi celular y una pluma. Tras dos años de uno de los períodos electorales más insólitos y desgastantes de la historia moderna de Puebla, creo que mi desempeño como asistente-coordinadora-de-agenda-secretaria-particular-y-privada-intermitente no ha sido tan malo. Al menos a traté bien a todo mundo.

    ¿Qué puede saber una recién egresada de personajes políticos monumentales? No mucho. Lo poco que me dejó ver la campaña a distrito federal del ´18, los primeros meses de una legislatura federal y un interinato en Gobernación. Lo poco que me enseñó la vida sobre la suerte, la fortuna y estar en el momento adecuado (o no). Pero sé de libros, y bastante. También sé de panoramas culturales, ideologías, trampas y recursos narrativos. Y esos análisis los hago hasta amorosamente. Así que tal vez mi columna sea una mezcla de esas dos cosas: la perspectiva extraña que tengo y he construido de la política y los libros que puedo encontrar al respecto. Ya me dirán ustedes. 

Me gustaría pensar que en México se sigue utilizando la escritura y, sobretodo, la publicación, para ejercer cierta autoridad en el panorama nacional. Los grandes –y no tan grandes– políticos se conocen por su personalidad y carisma públicos, incluso más que por sus gestiones. Parte de esa presencia ha sido insertarse en círculos editoriales como algo más que un representante popular, sino alguien con mucho que decir, contar. No basta haber sido entrevistado por un gran exponente del periodismo o la academia; también es importante acercarse a la población mediante libros que, a veces, venden sólo por el morbo. Sin mencionar que la regalías podrían ayudar a las ambiciones de algunos (recordemos las acusaciones contra Porrúa por el financiamiento del libro del finado Rafael Moreno Valle). 

En este sentido, creo que nos hemos preocupado poco por la sección política de las editoriales mexicanas. Primero, estos textos han definido la forma de educarnos sobre la historia. Para quienes no estuvimos ahí, los testimonios e investigaciones son la primera fuente de información. Un lector verdaderamente crítico no se confiará sólo de las notas periodísticas, sino que recurrirá a todo el universo de publicaciones alrededor de un evento. Muchos periodistas, de hecho, también se han forjado como grandes escritores y complementan el formato limitado de la columna con extensos libros. Si tenemos suerte, estos libros no sólo serán buenas y documentadas investigaciones, sino que tendrán algún mérito literario. Segundo, ¿qué nos están diciendo estos textos? Incluso cuando no los hayamos leído, son libros que están latentes en la vida política reciente. ¿Qué nos está diciendo Calderón con la publicación de Decisiones Difíciles? Quiero decir, con el mero acto de publicar. Tercero, ¿para qué leemos? ¿Nos gusta el morbo o nos picamos con la serie de Netflix y queremos saber más? ¿Nos intrigan los aspectos desconocidos que otro, privilegiado, pudo conocer de cerca? Y cuarto, por último, ¿por qué el texto dice lo que dice, de esa específica forma? ¿Hay alguna diferencia sustancial entre publicar un ensayo o una autobiografía? ¿Por qué el autor se plasma de esa forma y no de otra? ¿Por qué ese personaje apareció ahí y no después o antes? 

Y esa última pregunta, en realidad, la de la conveniente aparición de personajes, puede ser la más importante en cuanto a política se refiere. Porque realmente, si vemos la articulación de la política mexicana, tenemos que hablar de personajes, actores, que aparecen para encaminar las cosas, que están en el lugar correcto o equivocado, que tienen historia. Esa maraña de preguntas que me acabo de hacer mientras escribo parecen de comprensión lectora de Español de secundaria, pero realmente se van suscitando conforme vemos pasar los acontecimientos reales, fuera de los libros. ¿Por qué no podríamos contestarlas desde los libros mismos? Y esto, esencialmente, es lo que quiero intentar en esta columna. 

Coincidentemente, antes de que esta oportunidad se me apareciera, llegó a mis manos un librito de Isabel Arvide, titulado Mis presidentes (Planeta, 2013). Préstamo de un exsecretario particular, creo que fue el primer libro de política que leí después de mi salida de Gobernación, y nos sirvió para sentirnos importantes y conocedores en un par de reuniones casuales. A ella, le sirvió para llevarse un consulado. Desde Echeverría hasta Peña Nieto, la afortunada periodista cuenta sus peripecias alrededor de, más menos, ocho sexenios; sobretodo la relación cercana o polémica que mantenía con cada uno de ellos.  Es, si se quiere, un chismógrafo que, sin embargo, resulta una digerible y simpática introducción a la política mexicana. 

A esta lectura yo añadiría Entre políticos y rufianes (Planeta, 2016), una serie de crónicas sobre la “impunidad” y “corrupción” en esos años (adelante explicaré las comillas). En ese libro, un poco más breve que el anterior, Arvide ahonda en ciertas anécdotas y casos conocidos, pretendiendo hacer un recuento de la corrupción sistemática en el país. La autora selecciona 9 casos concretos: Mario Villanueva Madrid, Elba Esther Gordillo, Salvador Neme Castillo, Mariano Herrán Salvatti, Andrés Granier, Javier Duarte de Ochoa, Humberto Moreira Valdés, los Generales Juárez Loera, Gutiérrez Rebollo, Acosta Chaparro y Martínez Perea, y Rafael Aguilar Guajardo. En esos capítulos, haciendo uso de su estilo tan familiar, Arvide logra sazonar un poco los eventos que se desencadenaron alrededor de estos nombres.

Por sí solos, cada libro se me antoja un obligado de la cultura popular. Hay que leerlos si somos ciudadanos mexicanos. Ya sea por el morbo (no he leído reseña o crítica de Mis presidentes que no gire en torno a la relación amorosa de Arvide con más de un personaje) o por cultura general; para saber qué pasó cuándo y cómo se involucró tal o cual. Incluso cómo eran estos sonados actores, muchos de los cuales siguen haciendo ruido hoy en día, como ciertos personajillos que ocupan cargos en el gobierno actual. Sin embargo, al juntarlos (es decir, al leerlos paralela o sucesivamente, dependiendo de lo que se busque), son un mapa general del funcionamiento político del país. 

Lo primero que tenemos que resaltar es que el personaje principal es Isabel Arvide, no estoy segura de con cuánta intención. Conforme avanzamos con ambas lecturas, encontramos abundantes expresiones como: “yo sí le pregunté lo importante”, “mi declaración, la única que se presentó, estorbaba”, “único civil entre militares”, etc., nos encontramos ante la perspectiva de la Isabel actual, una voz que ya sabe cómo terminó la historia y narra desde ese lugar de privilegio. Esa excesiva intromisión del yo me causa suspicacia. El personaje que más se ficcionaliza es el de ella y, por tanto, nos cuesta creer la veracidad de los otros personajes o situaciones. 

Si Mis presidentes es una voz narrativa embobada por la nostalgia, la ilusión y el cariño de muchos años, Entre políticos… tiende un poco más a la madurez y el desencanto. Esa forma de narrar, que nos ayuda a pensar que estamos en una charla de café, sin duda alienta la curiosidad del lector, pero también conecta ambos libros, reforzando la idea de que estamos leyendo la vida de Isabel Arvide y su curiosa y afortunada interacción con otros que resultaron ser alguien en la historia de verdad. En ambos libros es Isabel en campaña del candidato; Isabel que organizó una cena de cumpleaños para enfrentar a Colosio con el hijo de Neme; Isabel que escapó de unos policías para declarar a favor de Mario Villanueva; Isabel en París con Echeverría. Y así hasta que la vida de Isabel es la vida del país. Lograr esa ilusión no se debe sólo a haber estado presente, sino a la narrativa. En ese aspecto, creo que logró lo que esperaba. 

Si logramos aceptar el tácito acuerdo de veracidad entre autor-narrador y lector, podemos creer que sus anécdotas son verdad. Entonces, vamos al segundo tema que me suscitan estos libros, el asunto de las comillas entre impunidad y corrupción que usé al principio. Cuando leí Mis presidentes, no llenaba la expectativa que había creado alrededor de ese libro. Comprobé lo que pasaba al inicio de la lectura de Entre políticos: la falta de crítica. En el tema de selección de información, los capítulos centrales tienden a la defensa. Mario Villanueva perseguido injustamente, Herrán Salvatti que sufrió en una prisión de Tepic, Andrés Granier que fue permisivo con su hijo, la maestra Elba que afrentó a Peña Nieto… Tras estos grandes nombres hay historias más interesantes entre líneas, como las de Diódoro Carrasco o Raciel López Salazar. Historias verdaderamente macabras que reciben tratamiento de auxiliares. 

Y luego, la innecesaria –y hasta cierto punto fingida– inocencia. Una persona que ha sido perseguida, amedrentada, exiliada, asediada, consultada y necesaria en la vida de muchos actores políticos, incluidos presidentes, nos bombardea con preguntas como “¿puede un presidente quitar y poner gobernadores por razones muy lejanas a la voluntad popular?” Claro que sí. Evidentemente sí. Esa no es una pregunta que nadie –mucho menos ella –debería hacerse en 2016. Me parece más importante la cuestión: ¿qué hacemos o no hacemos al respecto? En su defecto, ¿qué hicimos, qué pasó, qué causó? 

“Yo no sabía que sabía” dice Isabel Arvide. “Al escudriñar memoria y archivos, al buscar datos y más datos y más datos (…) encontré tantos nombres en común como hilo conductor maestro: la impunidad.” Isabel Arvide, periodista, no sabía que sabía. Entonces, no puedo evitar preguntarme, ¿qué tan crítica ha sido en su vida? ¿A qué se ha dedicado Isabel Arvide si no es a tejer conexiones e investigar a estos personajes? La respuesta es simple, y la da ella misma. A la memoria. A conservar historias. A participar activamente en un periodismo que construye y destruye la percepción pública, legitima o no, de los políticos, como queriendo y no.  Y regreso al punto inicial de este debacle. ¿Por qué recomendaría yo leer a Isabel Arvide? Porque es un repositorio de historias y realidades. No una única identidad de México, sino muchas que han interactuado y construido lo que hoy tenemos por aparato político y por país. No nos responde cómo entenderlas, superarlas o responderlas, pero nos dice cuáles han sido hasta este momento. Y ese es un buen punto de partida. 


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Negocios Políticos, Politica


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